Vox pasaría de 33 a 66 diputados el 29-N, y el reparto provincia a provincia revela dónde: en la España de tres y cuatro escaños, la que el sistema electoral diseñó para premiar a los grandes partidos y que ahora decide el último diputado entre el PP y Vox. Ceuta, con 465 votos de diferencia, es el ejemplo extremo.
Ceuta elige un solo diputado, y lo gana quien tiene más votos. En 2023 fue el PP. Con la proyección provincial de Capitol, elaborada a partir de la media de 25 encuestas, Vox obtendría el 35,4 % de los votos en la ciudad y el PP el 34,0 %: 11.725 votos frente a 11.260. El escaño cambiaría de manos por 465 papeletas, en una ciudad cuya campaña está atravesada por la entrada masiva de migrantes de finales de julio. Es el caso más extremo, pero resume bien lo que está pasando en buena parte del mapa.
Capitol ha aplicado el método D’Hondt circunscripción por circunscripción a esa proyección, con las coaliciones registradas para el 29-N. El resultado cuadra con la estimación nacional del agregador para los tres grandes partidos (PP 132, PSOE 106, Vox 66) y permite ver lo que la cifra agregada esconde. Vox ganaría escaños en 27 de las 52 circunscripciones y entraría en 13 en las que hoy no tiene representación: Ceuta, Cuenca, Huesca, Teruel, Albacete, Burgos, Cáceres, León, Salamanca, Girona, Tarragona, Santa Cruz de Tenerife y A Coruña.
La lista tiene una geografía muy reconocible. Nueve de esas trece, Ceuta incluida, reparten cuatro escaños o menos. Son la columna vertebral de la España interior, y su peso en el Congreso no es casual. El sistema que fijó el decreto-ley electoral de 1977, y que la LOREG mantuvo en 1985, asigna dos diputados a cada provincia antes de repartir el resto por población. El objetivo era sobrerrepresentar a las provincias rurales y favorecer a los partidos grandes, y durante cuatro décadas lo cumplió: en esas circunscripciones solo el PP y el PSOE, o antes UCD, tenían voto suficiente para entrar. Los terceros partidos de ámbito nacional, de Izquierda Unida a Ciudadanos, acumulaban votos en Madrid o Barcelona y se quedaban sin escaño en Soria o en Teruel.
Lo nuevo es que un tercer partido supere ese listón. La ciencia política lo mide con el umbral efectivo, el porcentaje de voto a partir del cual se suele conseguir escaño. En la aproximación clásica de Rein Taagepera, equivale al 75 % dividido entre el número de diputados más uno: en torno al 19 % en una provincia de tres escaños, al 15 % en una de cuatro. Con un voto estimado de entre el 19 % y el 25 % en Albacete, Burgos, Cáceres, León o Salamanca, Vox lo supera con holgura. En Cuenca, donde lograría el 22,4 %, el PP tendría que duplicar sus votos para conservar dos de los tres diputados, y con el 40,6 % no llegaría. En Teruel bastaría incluso menos, el 18,2 %, porque el resto del voto se reparte entre más candidaturas, entre ellas Teruel Existe, con el 15,1 %.
Este cambio de escala ya se intuyó en noviembre de 2019, cuando Vox obtuvo 52 diputados con el 15,1 % de los votos. Con el 18,6 % que le da ahora la media de encuestas llegaría a 66, de nuevo casi en proporción a su voto. Es una rareza en este sistema para un tercer partido nacional: Ciudadanos, con el 6,8 % en esas mismas elecciones de 2019, se quedó en diez escaños.
Un juego de suma cero dentro de la derecha
La consecuencia política es menos evidente de lo que parece. En las provincias de tres escaños o menos donde entraría Vox, el diputado que gana se lo quita siempre al PP: ocurre en Ceuta, Cuenca, Huesca y Teruel. Son escaños que no cambian el tamaño del bloque de la derecha, pero sí el reparto interno, y por tanto el poder de negociación de cada partido si, como apuntan las encuestas, ambos necesitan entenderse para gobernar. Ese es el argumento de fondo del análisis sobre los 198 escaños de PP y Vox: el 29-N se juega, sobre todo, dentro de la derecha.
En las provincias de cuatro escaños el efecto es otro. En Albacete, Burgos, Cáceres y León el escaño que entra en Vox sale del PSOE, porque allí el reparto pasa de dos y dos a dos, uno y uno. Y en las grandes circunscripciones, donde Vox sumaría la mayor parte de su crecimiento (cuatro diputados más en Madrid, dos en Barcelona, Valencia y Murcia), quien paga es sobre todo el espacio que en 2023 ocupaba Sumar, ahora repartido entre varias listas. En el conjunto de las 27 provincias donde Vox crece, los escaños que cambian de manos los perderían las candidaturas herederas de Sumar (14), el PSOE (12), el PP (11) y Junts (1). Son cifras de reparto, no de transferencia de votos: que Vox se quede con el último escaño de Albacete no significa que los votantes socialistas se hayan ido a Vox, sino que el último diputado se decide entre ellos.
Esa geografía también explica por qué el mapa es frágil. Cinco de las trece entradas dependen de márgenes muy estrechos: Ceuta, por los 465 votos; A Coruña, donde el 8,5 % de Vox apenas supera el umbral de una provincia de ocho diputados; Girona, con Vox justo en el 10,7 % que marca el umbral y un reparto a cuatro bandas con el PSOE, ERC y Junts; y Huesca y Teruel, donde el tercer escaño se decide por décimas. Un punto de voto que se mueva entre PP y Vox en la España interior puede alterar media docena de diputados sin que la media nacional lo refleje.
Las fichas de cada circunscripción, con el último escaño de 2023 y los votos que le faltaron al siguiente partido, están en las páginas del 29-N por provincia. El reparto se ha calculado con las reglas del artículo 163 de la LOREG sobre el voto a candidaturas; el método de la proyección está en la metodología de Capitol.







