El senador del Partido Liberal gana terreno en las encuestas para el balotaje del 4 de octubre y promete destituir al juez del Supremo si gana.
El senador Flavio Bolsonaro, del Partido Liberal, ha recortado la distancia con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva hasta un empate técnico de cara a una eventual segunda vuelta en las elecciones generales de Brasil, prevista para el 4 de octubre. Las encuestas anticipan que Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), se impondrá con unos seis puntos de ventaja en la primera vuelta, pero ese margen se desvanece en el balotaje, donde el hijo del expresidente Jair Bolsonaro aparece como su rival más competitivo.
El motor de ese avance son los escándalos que salpican al juez del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes, el magistrado que instruye las causas contra Jair Bolsonaro. La prensa local ha divulgado mensajes y chats entre De Moraes y el banquero Daniel Vorcaro, hoy en prisión. Según O Estado de São Paulo, Vorcaro fue advertido de su detención días antes de que se produjera y preguntó el 15 de noviembre a De Moraes si le aconsejaba escapar de Brasil. La Policía también descubrió que el juez editó un contrato millonario entre el despacho de abogados de su esposa, Viviane Barci de Moraes, y el Banco Master de Vorcaro.
Flavio Bolsonaro ha convertido ese frente judicial en el eje de su campaña. En un acto multitudinario en la Avenida Paulista de São Paulo, con motivo del Día de la Independencia de Brasil, vinculó directamente a Lula con el magistrado: «Lula es responsable del caos moral que Brasil está pasando hoy. Quien vota a Lula está votando a Alexandre de Moraes». La concentración, que arrancó con el himno brasileño y una oración, se articuló en torno a dos consignas: «Fuera Lula» y «Fuera De Moraes».
La promesa de destituir a De Moraes si gana
El senador ha ido más allá del reproche y ha prometido consecuencias institucionales. «Ese consorcio de Lula con De Moraes va a acabar», aseguró, para comprometerse después a impulsar en el Parlamento un proceso para destituir al juez y «acabar con su dictadura» en el Supremo si gana las elecciones. La ofensiva no se limita al candidato: el pastor evangélico Silas Malafaia, amigo personal de la familia Bolsonaro y con prohibición de salir del país por orden de De Moraes en una investigación en curso, calificó al magistrado de «dictador» y pidió al presidente del Supremo, Luiz Edson Fachin, que lo aparte «por el bien de la Corte Suprema».
El origen del pulso está en la condena que cumple Jair Bolsonaro por su participación, según la sentencia, en una intentona golpista que derivó en el asalto de seguidores suyos a las sedes del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial en Brasilia. El expresidente permanece en prisión domiciliaria con tobillera electrónica, y De Moraes le ha vetado privilegios como la visita que pretendía hacerle el presidente de Argentina, Javier Milei.
Una guerra abierta dentro del propio Supremo
Las revelaciones sobre De Moraes han trasladado la disputa al interior del Tribunal Supremo. El propio De Moraes ha solicitado que se investigue al también juez del Supremo Andrés Mendonca por señalarle con el dedo acusador, lo que convierte al tribunal que debe arbitrar el proceso electoral en un actor más del conflicto. El juez que fue y es el verdugo judicial de Jair Bolsonaro queda así expuesto justo cuando su figura se ha instalado en el centro del debate de campaña.
El calendario juega a favor de Flavio Bolsonaro. La primera vuelta del 4 de octubre dilucidará si Lula confirma los seis puntos de ventaja que le atribuyen los sondeos, pero la contienda decisiva será la segunda, donde el senador ya aparece en empate técnico. La libertad de Jair Bolsonaro, mediante un indulto de su hijo si este triunfa, y una revancha contra Lula, que ya no goza de la fortaleza de hace unos años, son las dos piezas que se mueven en ese escenario.
La irrupción judicial en la campaña brasileña tiene un efecto que trasciende el resultado: instala la sospecha sobre el árbitro del propio proceso electoral. Con el Supremo dividido, un candidato prometiendo destituir a un juez y un expresidente en prisión domiciliaria como telón de fondo, la campaña brasileña se dirime tanto en las urnas como en los despachos judiciales.







